Educar o reeducar al perro

El pipí en lugares inapropiados, la agresividad fuera de lugar, el miedo a los ruidos o a otros perros, el miedo a la soledad, el rechazo a viajar en automóvil, los celos, los caprichos… Muchas personas tienen en casa un animal desobediente, rebelde, que no quiere respetar las normas, que hace la vida difícil a la familia de la cual forma parte, y que puede llegar a convertirse en un peligro para los extraños y para el propio dueño. Esto ocurre cuando el perro carece de disciplina por carácter o cuando lo hemos adoptado siendo ya adulto, sin que antes hubiera sido educado. También puede ser el caso de un perro que ha crecido en el campo y se ha tenido que adaptar a la vida de la ciudad o, finalmente, debemos admitirlo, cuando nosotros mismos lo hemos viciado excesivamente. Este manual enseña claramente y con indicaciones detalladas tanto a educar bien el cachorro como a corregir al perro adulto mal educado. La experiencia del autor es de gran ayuda para entender la psicología de los perros: nuestro amigo de cuatro patas también lo notará, y apreciará el nuevo estilo y las reglas de su amo, por quien sentirá un afecto aún más profundo.
Издательство:
De Vecchi
Содержание:

Educar o reeducar al perro

   A pesar de haber puesto el máximo cuidado en la redacción de esta obra, el autor o el editor no pueden en modo alguno responsabilizarse por las informaciones (fórmulas, recetas, técnicas, etc.) vertidas en el texto. Se aconseja, en el caso de problemas específicos – a menudo únicos— de cada lector en particular, que se consulte con una persona cualificada para obtener las informaciones más completas, más exactas y lo más actualizadas posible. DE VECCHI EDICIONES, S. A.


   ADVERTENCIA

   Este libro es sólo una guía introductoria de la raza. Para criar un perro es necesario conocer a fondo su temperamento y tener nociones generales de psicología y comportamiento animal, que no están contenidas en la presente obra. Se advierte que si se orienta mal a un perro, este puede ser peligroso.

   Por otra parte se recuerda que, lógicamente, sólo un profesional acreditado puede adiestrar a un perro y que cualquier intento de hacerlo por cuenta propia constituye un grave error. Es obvio que bajo ningún concepto debe permitirse que los niños jueguen con un perro si el propietario no está presente.


   Traducción de Gustau Raluy i Bruguera.

   Diseño gráfico de la cubierta de Design Simona Peloggio – Bérgamo.

   Fotografías del autor, salvo donde se indica otra procedencia.

   Dibujos de A. Raviola.


   © De Vecchi Ediciones, S. A. 2012

   Avda. Diagonal, 519–521 – 08029 Barcelona

   Depósito Legal: B. 15.916-2012

   ISBN: 978-84-315-5289-3


   Editorial De Vecchi, S. A. de C. V.

   Nogal, 16 Col. Sta. María Ribera

   06400 Delegación Cuauhtémoc

   México


   Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o trasmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin permiso escrito de DE VECCHI EDICIONES.

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Introducción

   Este libro es una guía que ayudará a entender y a tratar las manifestaciones más recurrentes de algunos problemas de comportamiento del perro, que se presentan en toda su extensión, desde los orígenes hasta su desarrollo psicofísico, desde la relación que el animal tiene con su amo hasta su adiestramiento.

   El hombre ha seleccionado al perro – modificando su morfología y su carácter a través de milenios de domesticación— a partir del lobo, del que ha heredado muchos comportamientos.

   El carácter de nuestro fiel amigo está determinado por su historial genético y por la experiencia adquirida en los primeros meses de vida. Por eso es importante conocer todas las etapas de desarrollo, desde el periodo que transcurre en el vientre de la madre hasta la juventud, época en que, pletórico de fuerzas, se dispone a afrontar el mundo.

   En la primera parte de su vida, el cachorro se forma gracias a nuestras enseñanzas, ya que a los dos meses deja la manada en la que nació, en la que ha vivido con su madre y sus hermanos, para integrarse en otra manada más heterogénea que es la familia humana. Es un momento delicado, que condiciona el futuro del dueño y del perro, y que incide, en lo bueno y en lo malo, en el comportamiento del recién llegado.

   Por este motivo es importante que la compra del animal se realice teniendo en cuenta todas las ventajas e inconvenientes, de modo que tengamos la seguridad de poder ofrecer al animal una vida que se ajuste a sus exigencias.

   Todavía existen demasiados prejuicios y tópicos – considerados verdades científicas— que se usan para explicar ciertos comportamientos del perro, y, en consecuencia, el hombre no llega a entender a su amigo de cuatro patas y no disfruta plenamente del placer que le podría aportar un entendimiento perfecto entre ambos. Conocer los sistemas de aprendizaje y el lenguaje del cuerpo nos proporcionará muchos elementos útiles para una convivencia feliz.

   En esta obra analizaremos los principales problemas de comportamiento del perro, daremos una breve explicación de las causas y de la situación ambiental que favorecen su aparición, expondremos los síntomas, las posibles soluciones y el peligro que corre la persona que vive en contacto con un ejemplar enfermo.

   Los problemas de comportamiento deben ser considerados enfermedades que, en lugar de alterar el funcionamiento de un órgano o una parte cualquiera del organismo del can, modifican su actitud. Del mismo modo que una enfermedad requiere la intervención del veterinario, para este tipo de patologías se necesitan las curas de un experto en comportamiento canino, que puede ser el mismo veterinario (si tiene conocimientos específicos sobre el tema), o un etólogo.

   No nos debe sorprender que se emplee el término enfermedad, porque los trastornos del comportamiento deben ser afrontados como tal, ya que su curación, además de modificar los hábitos del animal, en algunos casos contempla también el uso de fármacos.

   Los nombres de los medicamentos y las respectivas modalidades de uso no se mencionan, porque consideramos que son competencia exclusiva del veterinario. En cambio, sí se explican las técnicas de prevención y la terapia necesaria, es decir, todo lo que el propietario de un perro puede hacer para mejorar la vida de su fiel amigo.

   Insistimos en la necesidad de acudir a tiempo a un experto en comportamiento animal cuando se observa que algo cambia en el carácter de nuestro amigo y no sabemos el porqué.

   Una vez comprobado su estado de salud, se pueden poner en práctica los consejos preventivos para evitar la aparición de conductas indeseadas.

   Debido a la complejidad de la materia (un perro puede cavar hoyos en el jardín no sólo para matar el rato, sino también para captar la atención de su propietario), no siempre se podrá solucionar un problema con los consejos que ofrece esta obra, pero sí servirán para detectar los síntomas y, consiguientemente, solicitar la intervención de un especialista que plantee una terapia adecuada.

   A través de esta obra divulgativa, nuestro objetivo es que en un futuro se puedan prevenir los trastornos de comportamiento de los perros, igual que se previenen las enfermedades infecciosas más comunes.


   Fotografía de Visintini

Del lobo al perro actual


La vida social del lobo

   El lobo es un animal social que vive en manadas constituidas por un mínimo de 2 y un máximo de 25 ejemplares. Solamente vive en solitario en situaciones determinadas, como por ejemplo cuando un lobo es derrotado en una pelea por el dominio y debe abandonar el grupo para buscar otros compañeros, cuando los machos jóvenes buscan una hembra, o cuando es viejo o está enfermo y no puede seguir con los demás.

   Para el lobo la manada es fundamental, porque le permite repartir el esfuerzo de la caza, de la defensa del territorio y del cuidado de los cachorros.

La organización social de la manada

   La manada está organizada como una gran familia con una estructura piramidal, en cuyo vértice hay un macho y una hembra dominantes llamados pareja alfa. Estos gozan de grandes ventajas sociales. Concretamente, son los únicos miembros del grupo que se aparean y se reproducen, con lo que perpetúan su descendencia. Por otro lado, organizan los desplazamientos, guían la caza y son los primeros en comer.

   Estos derechos y deberes se los confieren los demás miembros de la manada, en virtud de la fuerza que demuestran tener en las peleas. La jerarquía de la camada a veces es cuestionada, y ello se manifiesta con peleas – casi nunca crueles porque están ritualizadas— con las que se establecen los nuevos equilibrios internos. Los contendientes adoptan expresiones faciales y posturas típicas del ejemplar dominante y del sumiso, como veremos mejor en el capítulo «».

   Los machos y las hembras de rango inferior no se aparean, pero colaboran con la pareja alfa en la gestión del grupo y en el cuidado de los cachorros. En la base de la pirámide están los descastados (lobos viejos o enfermos), los cachorros y los jóvenes de menos de dos años.

   Las ocupaciones principales de los lobos son la caza, en la que participan casi todos los adultos con algunos jóvenes, y el cuidado de los cachorros, que se confía a los que no se alejan de la madriguera.

   Si en el territorio hay muchas presas, la manada permanece unida y con un número estable de componentes durante muchos años. La hembra y el macho dominantes forman una pareja estable, pero se produce un recambio continuo de jóvenes que abandonan el grupo en busca de una compañera.

   Las relaciones sociales entre los lobos son muy intensas: se saludan moviendo la cola o lamiéndose el hocico; mojan con orina lugares fijos, ya sea para delimitar el territorio o para advertir a lobos extraños de su rango, sexo y desplazamientos realizados, y se comunican con la voz: cuando están cerca aúllan o ladran, y cuando se encuentran más lejos ululan para indicar su posición y localizar a los compañeros.

   Todas sus acciones tienden a aumentar la cohesión y la colaboración en el seno del grupo, reduciendo al mínimo el gasto de energía destinada a sobrevivir.

El juego

   El juego es un elemento de cohesión importante en la vida de los lobos. Representa una actividad que estos animales realizan desde la infancia hasta una edad tardía. En efecto, los cachorros no son los únicos que juegan; también lo hacen los adultos, que con esta actividad de distensión recrean las situaciones cotidianas de la vida.

   Durante el juego se reproducen toda una serie de comportamientos típicos. Además, los papeles son intercambiables, con lo cual el agresor se convierte en agredido y el sumiso en dominante. Así, la actividad lúdica se convierte en un medio para descargar la agresividad, y también en un modo de reforzar las relaciones sociales entre los cachorros y los adultos a través del contacto físico directo. Para los cachorros, el juego es un continuo cuerpo a cuerpo: se muerden, se revuelcan, se escapan y reanudan el enfrentamiento. Parecen bolas informes de pelo que ruedan sobre ellas mismas en una danza continua y cautivadora. Cuando crecen, la dinámica cambia: el contacto físico, que predomina en los primeros juegos infantiles, da paso a las actividades motrices; el juego se ritualiza, va siempre precedido por una invitación previa (esta característica la conserva el perro), y predominan las fugas y las persecuciones.

   El lobo joven juega para aprender, es decir, para comprender los comportamientos – sexuales, predadores, de dominio y sumisión— que deberá conocer y utilizar cuando sea adulto.

   Para los adultos, el juego sirve para descargar la tensión, favorece el entendimiento entre los miembros de la manada y pone a prueba las fuerzas de cada individuo.

El territorio y la caza

   El lobo puede controlar un territorio de cien a mil kilómetros cuadrados, según la densidad de las presas. Normalmente está delimitado por accidentes naturales, ríos o torrentes, o bien marcado por señales olorosas de la orina o de la secreción de las glándulas perianales. Entre el territorio de una manada y el de otra hay una zona franca, en la que los lobos sólo entran en casos de grave penuria alimentaria.

   Dentro del territorio de caza está el área doméstica, que los adultos defienden con todas sus fuerzas; en ella se encuentran las madrigueras excavadas en la tierra, en donde la hembra dominante da a luz y crecen los cachorros.

   Los lobos que ocupan la parte más alta de la pirámide jerárquica son los que se dedican a la protección del territorio, en el que dejan indicios olfativos de advertencia y se mueven siguiendo las mismas pistas. Si perciben la señal olorosa de otro individuo, marcan de nuevo el terreno con orina, para avisar al intruso de que ha sido descubierto. Otra forma que tienen de ejercer el control del territorio es ululando.

   Los lobos salen a cazar desde el campo base. Cuando descubren una presa, unos permanecen en el suelo al acecho, mientras que otros se dejan ver. Intentan acercarse a unos treinta metros del animal y, cuando este se da cuenta de su presencia y hace el ademán de huir, se lanzan encima para detenerlo. Si la presa escapa, realizan una breve persecución; si les ataca, difícilmente pelean si no están seguros de salir vencedores, porque el lobo no puede permitirse el lujo de salir herido o tener que realizar un gasto energético importante.

   El conductor de la caza es el macho dominante. Cada individuo tiene una función concreta que depende de las posiciones jerárquicas: unos persiguen y acorralan a la presa, y los que están en la parte alta de la jerarquía la atacan y le dan muerte.

   Las presas suelen ser medianas o grandes (desde ovejas hasta animales de talla mayor). Sin embargo, también se contentan con conejos o animales más pequeños, según los recursos del territorio. Una vez finalizada la batida, devoran la presa y entierran sus restos para poder utilizarlos los días siguientes. De vuelta a la madriguera, regurgitan parte del alimento predigerido para que coman los más pequeños. Luego, descansan y sustituyen a los lobos que se habían quedado vigilando a los cachorros.

   Encontramos una buena descripción de los lobos en el libro La vita segreta dei cani, de T. E. Marshall. El autor compara su organización social y territorial con la de la aristocracia europea, con un hombre y una mujer dominantes, propietarios del castillo y del territorio de caza.

La vida sexual del lobo

   El lobo macho alcanza la madurez sexual a los tres años, y la hembra a los dos. Esta última tiene un periodo de celo al año, normalmente en febrero o marzo, y da a luz a sus cachorros entrada la primavera, que es la época más favorable para el mantenimiento de la prole.

   Durante la época de celo aflora la tensión y se entablan muchas peleas, originadas sobre todo por los machos de rango inferior que quieren ascender en la escala social. La hembra alfa aleja a las otras de la manada, pero también puede ocurrir que un macho dominante elija una de rango inferior, que de este modo asciende al rango alfa. El apareamiento, que se produce sólo entre ejemplares alfa, favorece la selección natural de los caracteres físicos y psíquicos de los ejemplares dominantes.

   Al finalizar la gestación, que dura 63 días, la hembra da a luz a cinco o seis cachorros, a los que cría con la ayuda de sus compañeras, que pueden tener alguna subida de leche – lo mismo que les sucede a las perras cuando tienen lo que se conoce con el nombre de falsa gestación—, que se utiliza para completar la leche materna y aumentar así las posibilidades de supervivencia de los cachorros.

   Los lobeznos permanecen en la manada durante un año y medio o dos. Allí aprenden a cazar y las normas de la vida social. Cuando alcanzan la madurez sexual, se van y viven solos hasta que encuentran una hembra para aparearse y un territorio para cazar.

La vida del perro en la sociedad moderna

   La domesticación del lobo tuvo lugar hace miles de años y siguió una serie de etapas. Al principio, el lobo fue un ayudante para la caza, luego pasó a ser el defensor de los poblados y finalmente se convirtió en perro de compañía, a cambio de comida, cobijo y cariño.

   El hombre debe mucho al perro. En primer lugar, su evolución de cazador nómada a guardián de ganado, porque encontró en este animal un defensor insustituible de la propiedad y un excelente vigilante de las reses.

   La nueva vida del descendiente del lobo requirió muchos cambios y muchas adaptaciones, como la limitación de la libertad y de la posibilidad de movimiento. Pensemos, si no, en la amplitud del territorio que puede controlar una manada de lobos y comparémoslo con el radio de acción de un perro doméstico. Para él ha sido difícil acostumbrarse a vigilar y proteger a animales que para sus antepasados eran presas. Su dieta también ha sufrido modificaciones, ya que con la domesticación el perro se ha asegurado el alimento, dando muestras de una gran capacidad de adaptación.

   El hombre empezó a tenerlo como animal de compañía hace 6.000 años, pero no fue hasta el siglo XX cuando esta «especialización» alcanzó proporciones notables, que incidirían en su vida y en la nuestra.

La utilidad del perro

   El deseo de tener un perro en casa, tanto en el campo como en la ciudad, es cada vez mayor. Su presencia tiene significados diferentes de aquellos para los que había sido domesticado (caza, defensa de la propiedad, de las personas, de los rebaños):


   1. Tiene una función estimulante para las familias, que cada vez son más reducidas y tienen menos posibilidades de comunicación. En efecto, el perro da y recibe afecto, favorece la empatía, proporciona confort táctil, representa un elemento de seguridad, se convierte en un compañero de juego y de tiempo de ocio, favorece las relaciones sociales y el contacto con la naturaleza, y da importancia a su propietario porque depende de él.

   2. Es un instrumento de educación para los jóvenes.

   3. Se utiliza con fines terapéuticos (pet therapy) para enfermos, discapacitados y para personas que están solas.

   4. Es un estímulo para el movimiento y la socialización de los ancianos.

   5. Se ha convertido en una fuente de ingresos.


   Todo ello ha comportado, sobre todo estos últimos años, un cambio en la función del perro, que ha adquirido un papel preponderantemente social que le otorga responsabilidad y le causa mucho estrés, y ello puede desembocar más fácilmente en patologías del comportamiento.

La organización social de la manada

   El perro que vive en familia intenta reconstruir la manada, estructurada en todo y para todo como la de su antepasado el lobo, y en la que concede al hombre el papel de individuo dominante, reservándose a él mismo el de dominado. Esta organización gusta especialmente a los ejemplares que han estado en contacto con el hombre antes de las 12–14 semanas de vida (véase capítulo, «»).

   Si el dueño no se comporta como un verdadero líder de manada, el perro toma la iniciativa, sobre todo si se trata de un animal con carácter dominante, y se rebela contra sus órdenes gruñendo y en algunos casos incluso mordiendo. El periodo crítico es cuando llega a la madurez, sexual y social, porque del mismo modo que el lobo joven decide pelear para tratar de imponer su dominio, el perro doméstico también actúa con más agresividad.


   Una buena relación entre un hombre y su perro da lugar a una verdadera amistad. (Propiedad y cría del Pino Azzurro)


   Algunas veces, el perro sólo obedece a un miembro de la familia y no a los demás. Esto ocurre siempre que se ejerce sobre el animal un control escaso o incierto.

   Otra situación particular se da cuando en la familia hay dos o más perros. En este caso, los animales establecen una jerarquía propia que a veces su propietario no entiende y, como tiende a considerarlos en un mismo nivel, acude en defensa del más débil (el dominado) y regaña al dominante. Este proceder crea una situación confusa, que desemboca casi siempre en peleas entre los animales.

   Nos encontramos ante patologías del comportamiento que reciben el nombre de sociopatías intraespecíficas e interespecíficas, consistentes en comportamientos alterados en el seno del grupo que repercuten en las relaciones de todos sus miembros.

El juego

   Para el perro el juego es un modo de comunicar, de socializar y de aprender. Apenas empieza a aguantarse de pie, el animal juega con sus hermanos y con su madre. Con el paso del tiempo los juegos adquieren una finalidad más concreta, y con ellos el perro aprende las posiciones de dominante y de dominado, los rituales sexuales y los comportamientos de agresividad.

   El adulto también juega con sus congéneres y con el hombre y, al igual que el lobo, a veces usa la actividad lúdica para mejorar su posición jerárquica o para poner a prueba la fuerza de un potencial adversario. El perro, como el lobo, también juega mucho cuando es adulto. Sin embargo, a diferencia del lobo, en el perro los comportamientos «infantiles» perduran más tiempo, porque al hombre le gusta considerar a su amigo como un gran cachorro incluso cuando ya es adulto, y este se comporta en consecuencia.

   Paradójicamente, nos gustan los perros juguetones, pero en la manada hombre-perro le proporcionamos pocas ocasiones de jugar, ya que las ocupaciones laborales nos obligan a dejarlo mucho tiempo solo.


   El autor con su amigo en un momento de juego. (Propiedad y cría del Pino Azzurro)


   Los más afortunados son los que viven en familias en donde hay niños, que convierten el juego en la principal actividad del día e involucran siempre a sus amigos de cuatro patas.

   Si los juegos se endurecen, habrá que controlar y vigilar a los ejemplares dominantes. Cuando gruñen, muestran los dientes o incluso intentan morder, conviene recordarles quién manda.

   Estas situaciones se producen jugando con un trapo o con un palo, o cuando van a buscar la pelota y luego se niegan a soltarla.

   Un juego un poco especial son las persecuciones de gatos o perros pequeños siguiendo su instinto depredador, que en realidad es una representación de una fase de la caza. También pueden comportarse así con niños o con adultos desconocidos, a los que persiguen para saltarles a los hombros. Es un juego peligroso que debe ser controlado: los perros, llevados por la excitación, pueden causar daño a «sus presas».

   No es raro ver a los animales, sobre todo a los cachorros, jugar solos y morderse la cola, lamerse una pata o roer los muebles; puede ser una manera de advertir a su dueño de que no se encuentran bien desde el punto de vista psíquico, que están enfermos o estresados.

   Estos comportamientos se dan a menudo en perros que pasan mucho tiempo solos o que viven en un medio carente de estímulos (véase capítulo «»).

El territorio y la caza

   El perro doméstico que vive en la ciudad o en el campo dispone de un territorio mucho más restringido que el lobo. Su radio de acción abarca la casa, el jardín y, para algunos, el automóvil. Sin embargo, hay perros que no aceptan esta limitación y amplían su territorio: son aquellos que se escapan cada vez que se les presenta la ocasión; tienen un territorio que sobrepasa los límites domésticos y lo marcan con frecuentes emisiones de orina o con la secreción de las glándulas perianales.

   El perro se comporta de modo análogo al lobo en la subdivisión y control de su territorio. Cuando está encerrado en un jardín, utiliza un lugar fijo para defecar y orinar, y elige otro para comer y dormir, que es comparable al área doméstica en donde el lobo tiene las madrigueras.

   Defiende el territorio de las intrusiones de extraños ladrando, gruñendo y, si alguien penetra en él, mordiendo. Si se observa una obstinación excesiva en la defensa (por ejemplo, si no deja de ladrar cuando se le ordena), deberemos preocuparnos, porque es signo de que el animal se percibe él mismo como dominante, por lo que será necesario reequilibrar la relación dominio-sumisión.

   El automóvil también puede ser su territorio, y en este caso lo defenderá hasta la extenuación ante quien se acerque a él, ladrando y gruñendo. Si el perro provoca destrozos cuando se queda solo dentro, no significa que lo haga por agresividad o por despecho hacia su dueño por el presunto abandono. Puede deberse a una actividad de exploración, ligada al miedo a que le dejen solo, frecuente en animales que no saben estar sin la compañía de una persona o de otro animal. Empieza a oler los asientos que huelen al dueño, luego, movido por la excitación, los mordisquea y, seguidamente, pasa a otros objetos como el cinturón de seguridad o el volante.

   Los perros se pueden clasificar en dos grandes grupos: el primero incluye las razas utilizadas en la caza, que logran dar satisfacción a su instinto depredador; el segundo abarca a todas las demás razas que, no siendo aptas para la caza, se contentan persiguiendo gatos, coches, bicicletas, personas que corren y – por desgracia— también niños pequeños que empiezan a gatear o caminar (esto último puede ocurrir con ejemplares de todas las razas, incluso con los de caza si se destinan predominantemente a la compañía).

   Para el perro doméstico la caza ya no es una necesidad vital como lo es para el lobo, sino que se ha convertido en una actividad de ocio, igual que para el hombre. No le sirve para alimentarse, ya que esta necesidad se la «soluciona» su amo, que para eso es el líder de la manada. Esto se explica porque en la manada el acceso a la comida está regulado por normas muy estrictas: primero comen los lobos dominantes y luego los demás, siguiendo un orden jerárquico.

   En el caso del perro doméstico, esta norma también debe respetarse. Conviene que entienda que no recibe nunca la comida porque él lo pide, sino que se trata de una concesión del líder de la manada, por lo que el perro debe comer siempre después de su dueño (lógicamente si comen en el mismo lugar). Antes de ponerle el plato se le debe exigir un gesto de sumisión, como por ejemplo, ordenarle ¡sentado! La comida se le debe dejar no más de diez minutos a su disposición, al término de los cuales se retirará, tanto si se lo ha comido todo como si no lo ha hecho.

La vida sexual del perro doméstico

   Para el perro, la domesticación ha significado alimento seguro, cobijo y afecto del ser humano, pero también ha repercutido en su vida sexual.

   La perra que vive en familia tiene una sexualidad que difiere a la de la loba: tiene dos periodos de celo al año, independientemente de la estación, es decir, no sólo en primavera.

   Normalmente los apareamientos dependen de la decisión del propietario, y ello implica que no se produzcan peleas entre machos para acceder a una hembra. Por otro lado, se aparean individuos dominantes con individuos dominados, y se utiliza la fecundación artificial si dos perros no consiguen reproducirse por sus propios medios.

   No debemos olvidar que la selección llevada a cabo por el hombre prioriza el aspecto estético por encima de las capacidades de supervivencia o el carácter, como sería el caso del apareamiento entre lobos.

   El perro macho instaura con las personas con las que vive distintas relaciones de dominio y sumisión ligadas a las características sexuales; normalmente acepta como dominante al hombre e intenta someter a la mujer.

   En cambio, una perra que viva en una familia puede no dejarse montar, en muchos casos, por un excesivo apego a «su manada».

   El comportamiento de los machos también presenta peculiaridades, por ejemplo cuando escenifican actitudes de monta eligiendo como pareja las piernas de los invitados, por el simple deseo de llamar la atención (véase el capítulo «»).

La relación perro-hombre

   La vida del perro también ha experimentado modificaciones al cambiar la sociedad en la que se ha integrado. Antiguamente, nuestro fiel amigo vivía predominantemente en ambientes rurales, desempeñaba la función de guardián de la casa y de las propiedades, vigilaba el rebaño, ayudaba a su dueño en la caza y, en menor medida, le hacía compañía. Hoy en día su función más habitual es la compañía, con todas las consecuencias que de ello se derivan.


   Un espléndido yorkshire, uno de los perros de compañía más difundidos. (Fotografía de Visintini)


   Hasta hace dos siglos aproximadamente, sólo los perros de talla pequeña, los llamados perros falderos, vivían con el ser humano. Los perros de caza, de pastor y los molosos se destinaban siempre al trabajo, si bien algunas veces frecuentaban la casa.

   La urbanización y el deseo de originalidad han condicionado nuestros gustos cinófilos y, por consiguiente, el comportamiento de nuestros animales que, aunque con dificultades, intentan adaptarse. Hoy en día se pueden ver perros de caza destinados exclusivamente a pasear por la ciudad, perros de tiro que se compran sólo por estética, y podríamos dar muchos más ejemplos. Para satisfacer estas nuevas exigencias, el hombre ha seleccionado, sobre todo a partir del siglo XIX, un gran número de razas muy diferentes de lobos, no sólo por su aspecto, sino también por el comportamiento. Las consecuencias han sido profundas repercusiones en las relaciones entre los perros, y entre el perro y el ser humano.

   El siguiente paso ha sido humanizar al can, considerándolo cada vez más como una persona y cada vez menos como un animal (proceso de antropomorfismo). Intentamos que viva con nosotros, incluso lo vestimos (¡hasta existen vestidos de boda para perros!), nos esforzamos por modificar su comportamiento, su modo de vida, su alimentación… Resulta difícil entender el porqué. Quizá la vida ha perdido los valores de antaño: la fidelidad, la amistad, el altruismo, la justicia (que se recuperan viviendo con un perro), o quizá cada vez es más difícil instaurar relaciones sólidas y duraderas entre las personas. En cualquier caso, nuestro fiel amigo es el catalizador de estos intereses y afectos.


   El beagle es un perro paciente y muy afectuoso con los niños. (Fotografía de Balistreri)


   El pinscher obsequia con gran afecto y alegría y se adapta a vivir en espacios relativamente pequeños; es una raza idónea para personas ancianas. (Fotografía de Balistreri)


   Quizá la humanización de un animal es una forma de intentar comprenderlo mejor. En cambio, es muy importante intentar entender realmente a nuestro perro, esforzarse en ver el mundo con sus ojos, estudiar su comportamiento y sus conductas, respetando al mismo tiempo su personalidad y sus necesidades. Para adaptarse al modo de vida del hombre, este animal ha cambiado muchísimo, si bien conserva algunos esquemas del comportamiento del lobo: necesita vivir en manada y tener un líder, que debe ser siempre el ser humano.

   Quien compra un perro debe asumir estas exigencias para ofrecerle una vida tranquila, y tener en cuenta que no sólo necesita comida y una casa, sino la convivencia con su dueño, porque para el perro es importante todo (el juego, la actividad física, el trabajo…) lo que puede hacer en su compañía.

Conocer al cachorro para elegirlo bien

   La adopción de un cachorro condicionará la futura vida del perro y de su propietario.

   Es una decisión importante que debe tomarse después de haber consultado con profesionales del sector y haber logrado un acuerdo total en la familia. Es útil escuchar los consejos de un veterinario, que aportará información acerca del cachorro, de las enfermedades más frecuentes de la raza y de su comportamiento, de modo que la decisión tendrá en cuenta las exigencias del animal, el medio en donde deberá vivir y el estilo de vida de la familia. Si se desea un ejemplar de concurso habrá que consultar también con un educador cinófilo y un experto en la raza. El nuevo miembro deberá satisfacer las exigencias de todos los integrantes de la familia y tener la posibilidad de adaptarse al medio ambiente que se le ofrece. Además de conocer las características de la raza, es importante saber que los primeros meses de vida de un perro son fundamentales para modelar su carácter. El cachorro es como un niño que, si nace y crece en un ambiente tranquilo y rico en estímulos positivos, tendrá más posibilidades de convertirse en un adulto equilibrado (véase la historia de un perrito llamado ).

Las etapas de desarrollo y el aprendizaje

   Para poder conocer la infancia del perro, seguiremos su desarrollo psicofísico, dividiendo los primeros meses en cuatro periodos: neonatal, de transición, de socialización y juvenil, con una breve mención al periodo prenatal, es decir, el que va desde la concepción hasta el nacimiento.

El periodo prenatal

   Al estudiar el desarrollo del cachorro cuando está en el útero materno se ha descubierto que el feto reacciona a los estímulos externos.

   Algunos especialistas en comportamiento animal (como por ejemplo P. Pageat) han observado con ecografías que los fetos reaccionan a la palpación abdominal de la perra gestante de 45 días. El experimento en cuestión duró cinco días. Durante los tres primeros, los futuros cachorros respondieron con movimientos a los 30 segundos de la estimulación táctil; luego, se acostumbraron y dejaron de moverse. Esto demuestra que en los fetos la sensibilidad táctil aparece con precocidad y que se adaptan rápidamente a una nueva situación.

   Los cachorros también pueden percibir si la madre está sufriendo una situación estresante. Todavía no se han realizado estudios en profundidad, pero se ha observado que los fetos en el útero responden al estrés materno con distintos movimientos: se giran, se chupan una extremidad o el cordón umbilical. Además, la duración de esta respuesta es más prolongada cuanto más intenso es el estímulo de la hembra gestante. La conclusión es que los fetos son capaces de experimentar emociones a través de la madre, y no se puede descartar que estas experiencias precoces incidan en su psiquismo y condicionen su comportamiento futuro.

   También se ha descubierto que si se suministra a una perra gestante determinados alimentos, luego los cachorros buscan esos sabores. Todo ello no es más que el inicio de unos trabajos que todavía deben probarse en una muestra más amplia de ejemplares, pero que tienen el mérito de demostrar que los perros también tienen una rica vida uterina.

El periodo neonatal

   El perro se considera una especie «no precoz», porque el cachorro, al nacer y durante los primeros días de vida, no es capaz de hacer nada, o, mejor dicho, sólo sabe alimentarse, para lo cual debe buscar los pezones de la madre para obtener la leche.

   Por esta razón la naturaleza ha dotado a las hembras de instinto maternal, que las induce, por ejemplo, a preparar el «nido» unos días antes del parto. Ante la inminencia del parto, la hembra ronda por su territorio (nuestra casa) buscando un lugar seguro y tranquilo (la cama de matrimonio, el armario en donde guardamos la ropa de invierno o la sábanas), para traer al mundo a sus cachorros.

   La historia deYork


   Después de la muerte de su perro, los señores Gómez decidieron comprar otro. Su hijo mayor quería un pastor brie – porque le gustaban— pero los otros integrantes de la familia no estaban convencidos, ya que no conocían la raza. Los señores Gómez, sin consultar con un experto, vieron una camada de yorkshire, y se quedaron con el cachorro más tímido.

   El perro vivió alrededor de un año en el piso con los propietarios. Al principio la convivencia fue bastante tranquila, pero al llegar a la madurez sexual, el yorkshire empezó a comportarse con agresividad. Primero mordió a un amigo, luego a todos los integrantes de la familia (excepto al padre). Durante un tiempo se le toleró esta actitud, por considerarse normal en un perro de aquella raza, pero el animal siguió mordiendo. Entonces, tomaron la decisión unánime de regalarlo a un conocido.

   Veamos a continuación los distintos errores en los que incurrió la familia Gómez:


   – eligieron una raza que no conocían;

   – al elegir un yorkshire sólo tuvieron en cuenta criterios estéticos, sin valorar el carácter;

   – al observar la camada escogieron al ejemplar más temeroso, por compasión, en lugar de quedarse con el más sano, tanto física como psíquicamente;

   – el yorkshire ya había dado muestras de su comportamiento dominante cuando era cachorro, y que había señalado el veterinario, pero sus propietarios no tomaron medidas porque consideraron que se trataba de una peculiaridad de la raza (véase el capítulo «»);

   – cuando el perro se mostró peligroso, los señores Gómez, en lugar de actuar todos juntos para resolver el problema, se pasaron unos a otros la responsabilidad de una elección no unánime, y luego les resultó más cómodo encontrar una manera de deshacerse del yorkshire.


   Al animal le salió bien porque le encontraron una persona dispuesta a quedarse con él; desgraciadamente, en la mayor parte de los casos el destino de estos animales, que son víctimas de una decisión poco madurada, es la eutanasia.


   El lecho para el parto


   Una setter irlandés había decidido dar a luz en el automóvil de su propietario – un 4 × 4— quien, por su parte, había preparado dentro de la casa uno de estos lechos modernos, con todas las comodidades que los seres humanos estiman indispensables para un parto higiénico y seguro. La perra, que evidentemente no compartía sus ideas, se subía al automóvil, en donde encontraba el lugar idóneo, se echaba y se disponía a parir. Entonces llegaba el dueño – el líder de la camada— que la obligaba a bajarse y la llevaba a una «sala de partos» preparada expresamente para la ocasión. Pero ella se marchaba, y así sucesivamente durante medio día. El resultado fue que la perra, molestada continuamente, no logró parir espontáneamente, e hizo falta la intervención de un veterinario.

   El periodo neonatal dura dos semanas. Cuando nace, el cachorro no ve, no oye y no se aguanta de pie. Su sistema nervioso todavía es inmaduro, porque precisamente empieza a desarrollarse durante esta etapa de la vida, en la que evoluciona y crece en base a los impulsos que le llegan del medio exterior. Para favorecer el desarrollo psíquico del cachorro, los estímulos no deben ser demasiado intensos ni demasiado débiles.

   En las dos primeras semanas de vida la actividad principal de los neonatos es dormir, y a ello dedican el 90 % de la jornada (y cuando no duermen, comen). No es un sueño inactivo, ya que los cachorros mueven el hocico, las orejas, los párpados, los labios, tienen temblores en el tronco y en los músculos de la piel (los que hacen mover la piel y el pelo), y a veces también emiten sonidos. Sólo duermen profundamente el 5 % del tiempo. Están amontonados unos contra otros: el contacto físico favorece el desarrollo de los sentidos (por esta razón, las camadas formadas por un solo individuo son más difíciles que las numerosas). Si pierden el contacto con los hermanos, los cachorros gritan hasta que la madre se da cuenta y los lleva de vuelta al nido, en donde vuelven a dormirse.

   Cuando se despiertan, buscan los pezones guiados por el calor corporal de la madre, y se mueven empujándose con las patas posteriores. Después de mamar, la madre los tumba boca arriba y les lame cerca del ano para estimular la defecación y la micción, que luego ingiere. Este comportamiento materno es necesario porque los cachorros no saben hacer sus necesidades solos.

   Todo parece indicar que es el origen de la posición de sumisión del perro adulto, boca arriba y mostrando los genitales al dominante. No se sabe con seguridad si esta postura es una adquisición específica del periodo neonatal o si se desarrolla en etapas posteriores del crecimiento, pero se ha observado que en los cachorros criados por el hombre, que han sido estimulados a defecar sin ser vueltos boca arriba, esta postura no se da.

   El instinto de ingerir las heces de los cachorros es un vestigio de la vida salvaje, cuya función era evitar que al descomponerse este material atrajera a los predadores. Con la domesticación ha perdido su función originaria, y en algunos ejemplares puede ser causa de coprofagia (véase el capítulo «»).

   Después de estas operaciones, los cachorros duermen de nuevo. Estos cuidados por parte de la perra desarrollan la sensibilidad táctil de los cachorros, y les ayuda a conocer el mundo que les rodea. La madre, por su lado, se une a los hijos cuidándolos, apego a la camada. En efecto, si se logra que una perra adopte los cachorros de otra perra, sólo encontrará plena satisfacción con sus verdaderos hijos.


   Los cachorros empujan con las patas para llegar a las mamas de su madre


   El periodo neonatal también se caracteriza por la necesidad de tener un contacto térmico; por este motivo, en ausencia de la madre los cachorros se deben colocar junto a una fuente de calor, que puede ser un radiador o una bolsa de agua caliente.

El periodo de transición

   El periodo de transición coincide con la tercera semana de vida del cachorro y se caracteriza por el rápido desarrollo psicofísico que experimenta el animal.

   El neonato abre los ojos y empieza a explorar, ayudándose no sólo con el tacto, sino también con la vista y el oído. Produce sonidos diferenciados, ladra y emite los primeros gruñidos. Reduce el tiempo que destina a dormir, que pasa a ser sólo el 65–70 % del día.

   En esta fase del desarrollo aparece el reflejo del sobresalto: en condiciones normales, cuando se da una palmada a unos diez centímetros de distancia, el perro se sobresalta. Este ejercicio sirve sobre todo para valorar si existe un problema de sordera (las orejas se abren al inicio de este periodo), frecuente en razas como el dálmata o el dogo argentino (por predisposición racial), y también da indicaciones en caso de trastorno psíquico causado por la separación precoz de la madre.

   En el periodo de transición el cachorro se liga cada vez más a la madre; este es un momento delicado de su vida, porque en esta fase empieza a relacionarse y a conocer a sus similares.

   El cachorro que es criado solo durante los primeros meses de vida (es decir, en el tiempo que coincide con el periodo de transición, para proseguir con el periodo de socialización, que termina en el cuarto mes), tendrá dificultades para relacionarse con otros perros. Se ha observado, sin embargo, que si ha habido contactos con otros animales que no son de su especie o con el hombre, todavía puede ser recuperado para una vida en relación casi normal.

   Muchas historias de perros intratables empiezan con una separación precoz de la camada cuando son cachorros, y con el aislamiento, justificado quizá para evitar enfermedades contagiosas, en la casa de sus dueños.

Periodo de socialización y periodo juvenil

   Desde la tercera hasta la décima semana tiene lugar el periodo de socialización, que es el más delicado para el desarrollo del cachorro. Este empieza a aprender a través de la experiencia, elabora respuestas diferentes según el estímulo que recibe y, sobre todo, adquiere la capacidad de interrumpir lo que esté haciendo. Lleva una vida más autónoma, explora el mundo externo, aprende a comunicarse con otros perros, emitiendo señales y descodificando las que le llegan. En este periodo desarrolla los cinco sentidos.

   Hasta este momento, el cachorro ha utilizado principalmente el tacto que, al crecer, se pierde un poco en favor de los otros sentidos, principalmente el del olfato. Este último sentido está muy desarrollado en el perro, como lo demuestra su capacidad para reconocer a un congénere o a un hombre sólo por el olor, seguir pistas e identificar, sólo los machos, los mensajes químicos (feromonas, sustancias químicas secretadas por un animal, que pueden influir en el comportamiento y la fisiología de otro de su misma especie) emitidos por una hembra en celo.


   El labrador es un buen compañero para casi todos los animales, incluidos los gatos. (Fotografía de Visintini)


   El juego sirve para que los cachorros se socialicen. (Propiedad y cría del Pino Azzurro)


   Cachorros disputándose un recogedor. (Propiedad y cría del Pino Azzurro)


   El oído del perro es capaz de percibir una amplia gama de frecuencias y capta también ultrasonidos. Se ha observado que no existen diferencias entre la capacidad auditiva de un perro de talla grande y uno de talla pequeña, ni tampoco entre razas con el pabellón auricular erguido o péndulo (su función es sólo identificar la fuente del sonido).

   El oído es fundamental para el desarrollo psicofísico porque, además del lenguaje químico (feromonas) y corporal, el cachorro se comunica con la emisión de vocalizaciones más o menos intensas y frecuentes, según el momento. Al crecer el perro ladra menos, excepto en las razas criadas precisamente por su capacidad para expresarse con la voz, como los sabuesos y los perros de rastro, en los cuales dicha característica se potencia hasta el punto que el adiestrador sabe qué está haciendo el perro (por ejemplo, si ha encontrado la presa) según las vocalizaciones.

   En el periodo de socialización el cachorro ladra mucho menos, porque tiene otros medios de comunicación – la vista y la comunicación química—. De todos modos, el perro que vive con el hombre puede conservar esta costumbre, porque la ve reforzada por la comunicación verbal de su dueño.

   El perro no tiene una gran capacidad visual, si bien es capaz de distinguir los colores, especialmente el azul, el verde y todas sus combinaciones. Además, tiene una excelente visión periférica que le permite ver, por ejemplo, a la persona que tiene al lado mientras camina. Ve peor de cerca, y al parecer no distingue claramente los objetos situados a menos de 25 centímetros.

   La vista sirve para percibir las señales visuales, como la horripilación (erección del pelo) o las posiciones de las orejas, cuando su congénere expresa alegría o miedo. También reconoce las señales corporales, las posturas, como las de dominio o sumisión.

   En el periodo de socialización el cachorro se relaciona con los hermanos, con la madre, con los seres humanos y con el ambiente externo.

   La relación con la madre es fundamental para su desarrollo psíquico. Se ha comprobado, por ejemplo, que una hembra nerviosa transmite su nerviosismo a los hijos. Si un cachorro es separado de la camada demasiado pronto, a la sexta semana, cuando ya es adulto, puede empezar a tener comportamientos anómalos con otros perros.

   La misma situación se produce si no socializa con el hombre entre las 3 y las 12 semanas, por lo cual es preferible que los cachorros vivan en al ambiente familiar y estén en contacto con sus miembros desde la tercera semana de vida.


   Como se puede observar, estos cachorros respetan la jerarquía a la hora de comer. (Propiedad y cría del Pino Azzurro)


   La tendencia a conocer objetos nuevos surge hacia la quinta semana. En esta época es conveniente enriquecer el medio con juguetes y mostrar a los cachorros los electrodomésticos, los automóviles y cosas por el estilo, para que no los teman cuando sean adultos.

   El juego es el instrumento principal de su desarrollo psicológico, porque jugando el perro aprende a expresarse utilizando el lenguaje del cuerpo.

   En este periodo cualquier expresión de la vida cotidiana es útil para adiestrar a los cachorros. Por ejemplo, la madre enseña la jerarquía del grupo a los cachorros cuando les controla el acceso a la comida, impidiendo que los hambrientos se abalancen sobre la comida sin respetar un orden preciso – como hacían cuando mamaban— y les enseña quiénes tienen derecho a comer los primeros, que son los que están en la parte alta de la escala social (véanse las reglas sobre ).

   La mejor edad para adoptar un perro es la octava semana, cuando su desarrollo psíquico y físico se encuentra en un buen punto.

   El periodo juvenil va desde la décima semana hasta la madurez, y no es más que la prolongación de la socialización. El cachorro continúa su proceso de maduración, convirtiéndose en un adulto más o menos integrado en la sociedad canina y en la humana. Durante el periodo juvenil, el cachorro es receptivo a las enseñanzas y puede aprender comportamientos complejos, por lo que este es el mejor momento para empezar a educarlo, presentándole los ejercicios como un juego divertido.

La elección del cachorro

   La elección del cachorro significa el inicio de una relación con un ser vivo que, a partir de ese momento, pasará su vida junto a nosotros. Es una decisión importante, que debe ser valorada y para la que deben tenerse en cuenta muchos factores.

Las motivaciones

   Un propietario sensato debe tener presente las motivaciones que lo llevan a decidir la compra de un determinado animal.

   Se puede querer un perro para:


   1. Tener a alguien a quien canalizar el deseo de dar y recibir cariño.

   2. Establecer un contacto directo con el mundo animal.


   En la elección del cachorro hay que tener en cuenta muchos factores. (Fotografía de Balistreri)


   3. Obtener un compañero para personas solas o para un niño.

   4. El deseo de rescatar a un ser vivo de la perrera, o salvarlo de la eutanasia.

   5. El deseo de criar un perro de una raza concreta.

   6. Participar en muestras caninas.

   7. Seguir la moda, es decir, poseer un perro que los amigos envidiarán.


   Son muchas las razones para compartir la vida con un perro, unas más nobles, otras menos: lo importante es ser sincero con uno mismo y renunciar si no se está convencido de lo que se hace.

Toda la familia debe ponerse de acuerdo

   Además de saber claramente el motivo que nos ha inducido a adoptar un perro, es importante que la elección satisfaga a todos los miembros de la familia. Si no se está de acuerdo con la necesidad de tener un animal en casa, si uno quiere un perro de raza grande y otro lo quiere pequeño, si uno quiere que sea de raza y otro lo prefiere mestizo, si uno cree que debe ser educado y otro considera que tiene que vivir siguiendo su instinto, si uno es partidario de tenerlo dentro de casa y otro en el jardín… Por ello, es fundamental tratar el tema en familia y buscar un compromiso que contente un poco a todos, para estar en condiciones de acoger al cachorro en un ambiente tranquilo.

La raza

   La elección de la raza debe tener en cuenta algunos factores:


   * La valoración estética: debemos escoger la raza que más nos guste o, en el caso de un mestizo, que tenga un aspecto que nos resulte agradable, pero sin olvidar el carácter.

   * El uso que se le va a dar: si queremos un perro de guarda, deberemos orientarnos hacia razas grandes, fieles y obedientes. Es preferible seleccionar las más conocidas y empleadas para esta función; si nos decantamos por una raza menos conocida, es fundamental informarse sobre sus aptitudes (defensa, utilidad, pastor, caza, etc.) y el uso al que se destina en su país de origen.

   * El lugar en donde deberá vivir: por ejemplo, no es aconsejable un perro de pastor en un piso, porque estas razas necesitan espacios abiertos para moverse.

   * El tiempo que podremos dedicar a su higiene: si trabajamos todo el día y disponemos de poco tiempo no deberemos elegir razas de pelo largo, que deben ser cepilladas diariamente.

   * La composición del núcleo familiar: si tenemos niños pequeños escogeremos una raza paciente y con tendencia a la sumisión.

   * El dinero que podemos gastar: los perros de raza son caros, no olvidemos este aspecto.

   * El tiempo que podremos dedicarle: los perros, y esto es válido para todas las razas, son animales sociables, que viven en grupo y colaboran entre sí; por esto es fundamental dedicar tiempo a nuestro amigo de cuatro patas. No basta con llevarlo a pasear cinco minutos tres veces al día, sino que hay que jugar con él y encontrar la manera de hacer que participe en nuestra vida.


   Hechas estas premisas, ya se puede considerar qué raza se adapta mejor a nuestras exigencias familiares. Respecto a las actividades físicas, hay razas más sedentarias que otras, o que, debido a su talla, pueden hacer ejercicio en casa. Otras necesitan correr al aire libre (perros de caza, de pastor, etc.); antes de elegir la raza conviene informarse sobre sus aptitudes y sobre el uso al que está destinada, para saber cómo repercutirá en términos de tiempo la llegada de nuestro nuevo amigo.

   Para facilitar la elección hemos elaborado dos clasificaciones que agrupan las distintas razas de perros según sus cualidades psicológicas. La primera es el resultado de un estudio llevado a cabo por dos especialistas americanos en comportamiento animal, Benjamin y Lynette Hart, que clasificaron 56 razas caninas (las más conocidas en Estados Unidos) pidiendo a 48 veterinarios y 48 jueces sus opiniones respecto a trece comportamientos típicos del perro, como el dominio sobre el dueño, la predisposición a la guarda, etc., cuyas respuestas finalmente ordenaron en tres categorías: la agresividad, la reactividad y la predisposición al adiestramiento.


   1. Agresividad muy alta – reactividad muy baja – predisposición al adiestramiento muy baja: pastor alemán, dobermann, rottweiler.

   2. Agresividad muy alta – reactividad alta – predisposición al adiestramiento media: fox terrier, teckel, chihuahua, schnauzer, scottish terrier.

   3. Agresividad alta – reactividad baja – predisposición al adiestramiento baja: san bernardo, dálmata, dogo alemán, boxer, lebrel afgano.

   4. Agresividad media – reactividad alta – predisposición al adiestramiento muy alta: caniche toy, caniche pequeño, caniche, springer spaniel.

   5. Agresividad media – reactividad alta – predisposición al adiestramiento baja: pequinés, cocker spaniel, setter irlandés, beagle.

   6. Agresividad baja – reactividad baja – predisposición al adiestramiento alta: labrador, golden retriever, terranova.

   7. Agresividad muy baja – reactividad muy baja – predisposición al adiestramiento baja: bobtail, baset.


   Para más detalles sobre este estudio, aconsejamos la consulta del texto de los doctores Hart que figura en la bibliografía.

   La segunda clasificación fue elaborada por Stanley Coren, un investigador americano que tomó en consideración tanto la inteligencia relativa al trabajo como la obediencia de un centenar de razas. Puesto que, debido a su extensión, no es posible resumirla, remitimos al lector que tenga interés en consultarla al texto que figura en la bibliografía.

El sexo

   Una vez elegida la raza, el siguiente paso es decidir el sexo, ya que machos y hembras tienen sus ventajas e inconvenientes.


   * La hembra es más afectuosa y dócil; normalmente no tiende a ser dominante y no se escapa en época de celo o para vagabundear. Es la opción obligada para quien quiere dedicarse a la cría. En cambio, la hembra presenta inconvenientes ligados a su ciclo sexual: las pérdidas de sangre durante el celo, la aglomeración de «aspirantes» al cortejo cuando sale de paseo, las falsas gestaciones y las diferentes patologías uterinas y mamarias.

   * El macho tiende a escaparse y a comportarse como un individuo dominante, es excelente para la guarda, y un poco menos para la compañía.


   Perros sueltos en una perrera


   Aconsejamos a los indecisos que se decanten por una hembra, que la esterilicen y se limiten a tener un solo perro. La convivencia de dos o más ejemplares en un mismo lugar podría originar problemas, sobre todo cuando se inicia la época de celo en las hembras, y después de que el macho alcance la madurez sexual. Manejar un grupo requiere mucha experiencia y disponer de mucho tiempo, sobre todo si los animales son del mismo sexo, para controlar las inevitables luchas por el territorio y por el dominio.

Dónde comprarlo

   Una vez decidida la raza y el sexo del cachorro, habrá que encontrar el criadero, el particular, la tienda o la perrera en donde compraremos o adoptaremos al animal. Si queremos un perro de raza, con genealogía, para participar en exposiciones, o simplemente para satisfacción propia, el criadero es el lugar más adecuado para comprarlo.

   Para obtener más información sobre los criadores y las razas se puede acudir a la delegación de la Real Sociedad Canina Española (RSCE). Los buenos criadores dan todo tipo de detalles y consejos a los clientes potenciales, siempre que tengan la intención real de adquirir un perro y ofrezcan garantías de criarlo debidamente. Para visitar un criadero y escoger un cachorro habrá que concertar una cita con el titular, para que nos pueda atender con tiempo suficiente. Además, aprovecharemos para ver cómo tiene los animales y para conversar sobre el carácter de la raza que nos interesa.

   Todo lo dicho es válido también cuando se negocia con un particular, pero en este caso las posibilidades de elección son más limitadas, ya que sólo habrá una camada. En este caso, habrá que confiar en la persona o pedir consejo a un experto (el veterinario, el criador si es el propietario del padre de los cachorros, o un cinófilo experto).

   La tienda de animales es una alternativa al criadero y al particular. Tiene la ventaja de ofrecer una gran posibilidad de elección, y en ella normalmente se venden perros de razas, edades y precios diferentes. Es de lamentar que no siempre es posible documentarse sobre los padres del animal que uno se dispone a adquirir, y que, por lo tanto, se compra un poco a ciegas. Es importante tratar con un comerciante fiable, que cuide a los animales que vende, que tenga las jaulas limpias, que los proteja del sol y de las corrientes de aire y que los tenga vacunados contra las enfermedades víricas.

   Normalmente, se va a una perrera cuando no importa tanto la raza y el aspecto físico del perro como el hecho de sacar a un animal de una vida solitaria y carente de afecto. Pero cuidado, se pueden encontrar perros desgraciados, abandonados sólo por egoísmo de su propietario, pero también perros con problemas de comportamiento más o menos graves.

   Por consiguiente, si adoptamos un perro de una perrera debemos intentar saber quién era su antiguo propietario y pensar que el animal necesitará un periodo de adaptación a su nueva casa; durante este, deberemos ser comprensivos y estar dispuestos a entender sus problemas, pero actuando siempre con determinación en las correcciones. Si optamos por un cachorro, deberemos comprobar que haya sido vacunado por lo menos diez días antes y que no tenga parásitos intestinales.

Un test para elegir al cachorro

   Este test, conocido con el nombre de su creador, el doctor William E. Campbell, fue estudiado expresamente para la persona que compra un perro. Su objetivo es valorar las cualidades psíquicas, y sirve para escoger el cachorro más adecuado para la casa en la que deberá vivir.


   Se puede comprobar la atracción social del cachorro agachándose y dando unas palmadas para llamar su atención. (Fotografía de Visintini)


   Para probar la aptitud para el seguimiento del cachorro, se debe caminar sin incitar al perro a que nos siga. (Fotografía de Visintini)


   Son suficientes 30 segundos boca arriba para ver cómo responde a la constricción. (Fotografía de Visintini)


   La tendencia a la dominación del perro se valora levantando al cachorro pasándole las manos por la barriga. (Fotografía de Visintini)

Test de Campbell

   PREPARACIÓN


   El test debe ser realizado entre las seis y las ocho semanas de edad, por una persona que el cachorro no conozca, en un lugar nuevo para él y que no le ofrezca posibilidades de distraerse (por ejemplo, en un cercado). Mientras dure el test no hay que hablar nunca al cachorro, ni felicitarlo o acariciarlo.

   El pequeño debe ser manejado siempre con cuidado, y no nos preocuparemos si orina o defeca (si lo hace, no limpiaremos hasta que hayamos finalizado la prueba).